El crimen organizado controla el tráfico de migrantes, frente a un Estado que ve y no hace nada.
A cinco años de la masacre de San Fernando, siguen los secuestros

Los migrantes invisibles

Seguimos las pistas de los migrantes en un territorio desfigurado por la violencia

Desesperanza

La desolación se siente en las calles de San Fernando, un pueblo sometido
por bandas criminales

Monopolio del paso

El crimen organizado controla el paso de migrantes hacia los Estado Unidos

Una larga historia

La guerra por el control de Tamaulipas
comenzó hace 100 años

Impunidad

La inacción y omisión del gobierno mexicano
han permitido que las masacres queden impunes

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La desolación en el municipio de San Fernando contrasta con junio, época de lluvia radiante, cielos que oscilan entre el sol y las nubes de breves tempestades. Un cielo multicolor, que se extiende paralelo a las planicies tamaulipecas, usualmente resecas, pero que este mes son verdes y vibrantes, y que conforme nos acercamos a San Fernando, dan paso a los campos de sorgo. Justo en esta época del año, está en todo su esplendor, mantos rojo ocre, que brillan al sol, a punto de ser segados.

Llegamos al pueblo al filo de las seis de la tarde.
Quizá es saber que “este pueblo está maldito”, como dicen los periodistas de la entidad cuando se refieren a San Fernando, pero parece como si una leve ceniza hubiera impregnado las fachadas de todas las construcciones y las aceras, y las calles. No queda claro, desde la memoria, si esa capa de ceniza es real o imaginaria, si es la forma en la que la imaginación da cuerpo a un malestar no identificado, una sintomatología inespecífica.
Lo que sí es real es que la mayoría de las construcciones no han sido pintadas en muchos años, como si a nadie le importara embellecer las fachadas. También es cierta la expresión de desconfianza en cada rostro, los pocos niños en las calle, los locales abandonados, quemados o cerrados. Y también es cierto que, de los comercios que no se han rendido, cuelgan mantas blancas con la leyenda “Dios te bendiga”. Esta plegaria en medio del pueblo fantasma se repite en cada calle, desde el carrito de hotdogs hasta la estética o la cenaduría. Esta religiosidad desesperada de los habitantes y la capa de ceniza –real o imaginaria– provocan que los pelos del cuerpo se ericen en San Fernando. “Ya están más tranquilas cosas”, dicen los pobladores. Pero los relatos que acompañan esta afirmación, la desmienten. Por ejemplo, el de Imelda Galván Zárate, una maestra que tenía un expendio de cerveza “La cucaracha”, uno de esos negocios en los que el cliente entra en su auto, sin bajarse jamás de él, compra y se va. La mujer se negó a pagar derecho de piso al grupo en turno que controla el pueblo. Un día le aventaron una bomba molotov en su negocio, donde estaba encerrada. Murió quemada. Su hijo Hugo, dentista, trató de rescatarla y también murió. Un joven recuerda cómo lo vio caminar en llamas, en medio de la calle. Fue hace un año, en 2014. Hoy, el local sigue igual, quemado y abandonado, como testigo mudo en la arquitectura de San Fernando.
Otra historia: las mujeres de una familia salen muy temprano para hacer algunos asuntos en Ciudad Victoria. Viajan en una camioneta una mujer de 60, otra de 50, otra más de 40, una joven de 23, una adolescente de 15, un niño de 12 (el único varón del grupo) y otra de 2. En una de las incontables brechas los secuestran. Dejan ir a los niños más pequeños y a las mujeres de 50 y 60. Tras negociaciones fallidas o entorpecidas, las mujeres son violadas, asesinadas y enterradas en una fosa clandestina junto con otras 20 personas, una de esas fosas que no llegaron a las portadas de la prensa nacional.
Según el censo del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), en el año 2010 vivían 57 mil 220 personas en todo el municipio. De éstas, la cabecera municipal –el poblado al que acabamos de entrar– albergaba unas 30 mil personas. Pero en el 2015, no se sabe cuántas viven aquí. La gente calcula que se ha ido más de la mitad del pueblo, pero nadie sabe a ciencia cierta. Porque, explica una mujer de San Fernando, uno se podrá dar cuenta de los vecinos, cuando se van. Pero a menos que seas de confianza, no sabrás si se fueron a Estados Unidos o Ciudad Victoria, o si están secuestrados. Un muchacho de veinte años resume a lo que se ha reducido el bienestar: Una cerveza, en mi cama, con un arma y un buen portón de seguridad en la entrada.
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Al este del municipio, se encuentra la Laguna Madre, un enorme cuerpo de agua salina, sólo separada intermitentemente del Golfo de México por bancos de arena cuyas formas y localización cambian constantemente. Este es un lugar privilegiado para las granjas de camarón, y para la llegada de paquetes de droga desde el mar, que luego serán trasladados a la frontera por tierra, aprovechando también los infinitos caminos de terracería de San Fernando.
Desde 2009, inició el distanciamiento entre Cartel del Golfo y lo que era entonces su brazo armado, los Zetas. Y apenas comenzaba el 2010 cuando el rompimiento se hizo completo. Esta pelea a muerte entre antiguos compinches sumió a todo el norte de Tamaulipas en enfrentamientos, balaceras, levantones: desde Matamoros, Reynosa, y bajando hasta Tampico, el emblemático puerto. En medio está San Fernando, un paso obligado, cuya geografía singularísima lo vuelve en centro neurálgico para cualquier operación clandestina de trasiego, sin importar que lo que se traslade sean personas, droga, productos, fayuca, combustible, armas.
Ese mismo año, el del rompimiento de zetas y golfos, el rostro de San Fernando dio un vuelco. Antes, la mayoría de la gente se saludaba, había comercio, venía mucha gente de fuera a visitar. No es que antes no hubera narco o contrabando. Eso hubo desde siempre. Pero como en muchas partes del país, se hablaba de “narcos benefactores” y de cierto pacto en el que quienes se dedicaban a ello no se metían con la familia de nadie y mucho menos con gente ajena.
“La gente de San Fernando no era mala. La hicieron mala”, dicen aquí. Y para 2010, año en que comienza esta historia, los zetas y los golfos ya cobraban derecho de piso a comerciantes y trabajadores. Algunos habían embarazado a muchachas del lugar, hasta el suegro debía volverse zeta o golfo, según fuera el caso. Cuando comenzó la masacre entre golfos y zetas, “¿vieras cuántas muchachas jovencitas y casadas se llevaron?”, relata una mujer. Algunas las encontraron muertas, con otras hicieron trueque: “me das a mi vieja y yo te doy a la tuya. A partir de eso, todo tuvo otro color”. Había hermanos divididos: uno zeta y el otro golfo. Eventualmente, en esta guerra, los zetas tomaron el control del municipio de San Fernando… provisionalmente.
Varios pobladores de San Fernando, en forma anónima relatan que los jefes de plaza de los zetas ese año esparcieron el terror. El peor de todos fue El Kilo, bajo las órdenes de El Wache. Edgar Huerta Montiel tenía 21 años y practicaba la santería cubana cuando fue designado el “responsable” zeta en San Fernando. Él a su vez, era el superior directo de Martín Omar Estrada Luna, El Kilo, quien era el jefe de plaza operativo. Dicen los pocos pobladores que platican estas cosas, que ha sido el jefe más sanguinario de todos. Incluso, dicen que El Kilo tenía un pacto con la muerte, y debía matar diario. Cuando no tenía un contra o enemigo para dar su cuota a la flaca, disparaba al azar al primero que se atravesara en su camino.
Ese 2010 los levantones, los secuestros, los asesinatos, las carreteras de terror, en las que se secuestra por igual a ricos y pobres, lugareños y fuereños, mexicanos y centroamericanos fueron la constante. Fue el año de los 72 migrantes, que destapó el horror a nivel internacional.
El Kilo fue detenido y presentado en abril de 2011, el Wache, en junio del mismo año. Pero a San Fernando llegaron otros jefes de plaza: uno de ellos Nico Roy.
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Por la mañana, partimos rumbo al lugar en que el fueron hallados los 72 migrantes en 2010. Está a unos 30 minutos de la cabecera municipal. Hay que tomar una brecha, entre campos de sorgo. Cuando los 72 migrantes fueron hallados, las tomas aéreas que se difundieron en aquel entonces mostraban ya el campo cosechado. Sólo quedaba pasto reseco. En estos momentos el lugar es hermoso y tristísimo. Pero hoy, el cielo está encapotado y la humedad hace que el grano brille más rojo y profundo. Algunos agricultores están en sus campos, revisando tiempos de trilla, montos, faenas. Saludan con amabilidad.
La bodega abandonada que albergó los cuerpos ahora está saturada de pasto crecido por las lluvias, y al centro hay una camioneta abandonada. El sorgo alrededor, sin embargo, sigue creciendo. Cae un aguacero, llueve, se calma, cantan los pájaros. Se respira esa ilusoria tranquilidad del campo. La vida aparenta continuar en aquel lugar donde quedaron los cuerpos, y en el pueblo maldito de San Fernando.